Kike Calvo Fotografía

viernes, 16 de enero de 2009

El milagro del río Hudson


Recuento del accidente del vuelo US Airways Airbus A320 por un aragonés.
Por KIKECALVO.com

16 de enero de 2009. Nueva York– Suena el despertador y apenas tengo energía para alcanzarlo. Siento dolor por todo el cuerpo, especialmente la cabeza. Tras vivir el 11 de septiembre, el día de ayer consiguió aflorar sentimientos que yacían dormidos en las anotaciones de mis memorias de vida

Ayer me encontraba visitando a Jorge Nuñez, un viejo amigo en el nuevo edificio de la agencia de noticias Associated Press, situado en la calle 33 junto a la avenida 10. Desde el piso 14 donde nos encontrábamos, los ventanales permiten ver todo el río Hudson. Una vista preciosa, debido a que los edificios junto al río son de mucha menor altura. Las vías del tren estaban cubiertas de nieve, recién caída la noche anterior. Uno de esos fríos días, donde no importa el número de capas de abrigo que uno se enfunde, que las temperaturas hacen mella en los huesos.

Sin apenas ser conscientes, todos los periodistas de la sala comenzaron a levantarse abruptamente de sus asientos, gritando -“!Es un avión, es un avión!”. Sin pensarlo dos veces, salí corriendo a la terraza del edificio unos pisos más arriba, donde la nieve cubría el cemento. Junto a mí, un cámara y un fotógrafo armado con un largo objetivo miraban atónitos a la bahía. Comenzamos a ver cómo múltiples barcos y ferries se apiñaban junto al avión, posado sobre el agua.

Mi cabeza funcionaba a mil por hora. Recuerdos de septiembre 11 pasaron por mi mente de nuevo. Realizamos una llamada al teléfono de emergencia de Nueva York, el 911. Sin pensarlo dos veces, cogí la cámara, y salí corriendo en dirección al río. El suelo estaba completamente cubierto de placas de hielo, y el avanzar resultaba un auténtico juego de malabares.






Al llegar al río, tan sólo otro fotógrafo y yo estábamos en la zona, tratando de ver la forma de saltar la valla que nos separaba del agua. Helicópteros, ambulancias y coches de policía se hicieron dueños de la avenida junto al río. Las corrientes de este río que separa Manhattan de Nueva Jersey son fuertes.
El avión semi-sumergido en las gélidas aguas, comenzó a navegar a gran velocidad, rodeado de numerosas embarcaciones, que los seguían constantemente.Decidí correr paralelo al río, fotografiando todo cuanto acontecía. La gente comenzó a agolparse junto a las vallas. Todo el mundo corría, y traté de abrirme paso entre los oficiales de policía y militares que trataban de imponer orden, y organizar un caos en el que pocos sabían lo que pasaba. 



Me paré junto a una entrada vallada, donde militares armados con metralletas y policías de las unidades de las fuerzas especiales se agolpaban. Mientras hacía una fotografía al avión, un militar me empujó violentamente. Mi reacción, no meditada he  de decir, fue empujar de vuelta manteniendo mi posición. 
-La próxima vez te disparo- me dijo apuntándome con la metralleta y el dedo en el gatillo. 

Me dí cuenta entonces que la ciudad se encontraba en alerta terrorista. Cuando esto sucede, los oficiales del orden público parecen tener instrucciones específicas de cortar por lo sano cualquier tipo de actividad, individuo o distracción que interrumpa su labor. Proseguí mi locura fotográfica, documentando todo cuanto acontecía.

Al llegar a Chelsea Piers, a la altura de la calle 23, reconocí una cara. -No puede ser-, pensé para mis adentros. Se trataba de Salma Hayek, con su hija Valentina en brazos. Estaba introduciendo al bebe en un coche negro, mientras aterrorizada miraba los acontecimientos.

Fueron casi tres horas siguiendo al avión río abajo. El cuerpo del aparato yacía semi sumergido, y sobresalía la cola y la parte superior de la cabina. Un curioso olor a combustible impregnaba el ambiente.

Mi cámara se quedó sin baterías, y decidí regresar a casa corriendo para enviar el material gráfico a las agencias y revistas con las que colaboro. Ya con mi atención reducida tras el esfuerzo físico y la tensión acumulada de las horas anteriores, resbalé con una placa de hielo, cayendo paralelo al suelo, desplomándome violentamente  contra el asfalto. 
-¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? -preguntaban quienes había visto mi caída acrobática.

Me reincorporé y llegué a casa extremadamente dolorido. Mientras descargaba las imágenes, no hacía otra cosa que pensar en los 150 pasajeros que realmente habían vivido una odisea. En la persona que pilotaba ese avión, que consiguió llevarlo a buen puerto. Al fin y al cabo mis magulladuras y dolores, no habían sido nada en comparación con los verdaderos héroes de esta historia. 

Tal y como relaté cuando se desplomaron las torres, he vuelto a quedar sorprendido con la capacidad de respuesta, solidaridad y apoyo de quienes como yo, viven en la ciudad que nunca duerme.

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